+ SU SAÑA FEMINICIDA Y EL VERDADERO HORROR
Sin mayor nivel de inteligencia, ni carisma o capacidad de dar buena impresión, escaso de recursos económicos, carente de preparación académica o policiaca, sin carrera delictiva o antecedentes penales, Juan Carlos pudo secuestrar, violar, torturar, asesinar y luego desaparecer al menos a 10 mujeres en Ecatepec, Estado de México.
No estamos entonces ante un asesino serial al estilo del personaje de ficción “Dr. Hannibal Lecter”, tampoco de alguien a quien se le pueda considerar junto a conocidos psicópatas que en la historia real se distinguieron por seducir a sus víctimas y tener coeficientes intelectuales arriba del promedio, como Ted Bundy, Charles Manson y Rodney Alcalá.
Menos se podría ubicar a este homicida con criminales cuyas pretensiones artísticas e intelectuales pudieran hacer que se les descartara o que pasaran desapercibidos como autores de horrendos delitos, como fue el episodio de José Luis Calva Zepeda, conocido más bien con el mote de “El caníbal de la Guerrero”, detenido en octubre del 2007.
Si ninguna de esas características parece tener Juan Carlos, y por supuesto tampoco su cómplice Patricia, ¿cómo fue posible que mataran una mujer tras otra sin ser descubierto sino hasta llegar quizá a una cifra de 20, según ellos mismos?
El que se pueda dar un nivel de monstruosidad así no solo es posible por la descomposición individual de una mente dañada, sino sobre todo porque existe un entorno social que posibilita el actuar de tales depredadores sin que funcione a tiempo y de manera eficiente ninguno de los recursos contra la delincuencia.
Es posible porque está claro que no funciona como debiera ni la prevención, ni la vigilancia, ni la investigación y procuración de justicia, tampoco la impartición de la misma, y mucho menos el trabajo social y la reinserción que se debe hacer de los delincuentes una vez que abandonan las rejas.
Ese es el verdadero horror: una sociedad mexicana con miles y miles de desaparecidos, con cientos de feminicidios cada mes, y con un nivel de impunidad criminal que rebasa el 90 por ciento en la mayoría de delitos más graves como son los homicidios.
Más que el aberrante caldo de cultivo familiar que puede producir un engendro como el de Ecatepec, es ya el entorno social, público, el que está posibilitando estos niveles de degradación, y que estamos viendo cada vez más también en los intentos de linchamiento que se dan en todo el país.
Intentos de linchamiento, reflejo de la rabia y la impotencia ciudadana, pero también demostraciones salvajes, criminales, de esas turbas que pretenden hacer “justicia por propia mano” cuando lo único que logran es volverse también delincuentes y asesinos.
Esa sociedad está fabricando, en diferentes escalas y niveles, casos como el de Juan Carlos; sujetos con aparentes indicios de haber sido víctima también de daños emocionales y psíquicos. Ejemplos de machismo criminal que cubre un amplísimo espectro: el que discrimina a las mujeres, los que humillan y golpean a su pareja, hasta los que violan, matan y las desaparecen.
¿Cuántos de los que se escandalizan hoy con este feminicida extremo de Ecatepec colaboran también a algún tipo de tales maltratos?
El odio visceral, la saña de este “monstruo de Ecatepec” hacia la mujer, parece tener origen en su entorno familiar, ya que confesó haber recibido vejaciones, diciéndose víctima del comportamiento de su madre.
Vesania que lo llevó a declarar: “Prefiero que mis perritos coman carne de esas mujeres a que ellas sigan respirando mi oxígeno. Mil veces que coman los perritos y las ratas a que ellas sigan caminando”.
Y sobre la relación que tuvo con su madre, relató: “Mi mamá andaba de puta, con uno y con otro buey. La veía yo cómo la ponían. Escuchaba yo sus ruidos y mi papá trabajando. Mi papá estuvo de mandilón con ella. Mi mamá quería acuchillarlo, navajearlo, picarlo. ¿Y yo cómo defendía a mi papá? Ahí yo dije: ni una vieja me falta al respeto jamás”.
Del supuesto abuso que le hicieron de niño, a los 10 años, declaró al Ministerio Público: “Tenía yo 10 años. Una mujer… mi mamá me encargaba con una mujer para que pudiera irse de puta. Mi mamá me encargaba todos los días con una mujer y esa mujer me lo chupaba. Esa mujer se subía. Esa mujer me hacía hacerle cosas que, a mí, como niño, me desagradaban bastante”.
Por supuesto que tales aparentes justificaciones resultan banales frente a lo que este asesino ha hecho, pues maltratos peores han sufrido muchos otros individuos sin que terminen en feminicidas seriales, pero sí son por lo menos supuestas causas para ir explicando lo que pudo ocurrir con este sujeto.
El episodio es motivo de morbo y escándalo público, pero dentro de ese asombro se insiste en ver el caso particular, por lo descabellado que resulta, sin que se advierta en su justa dimensión que solo es un botón (exagerado, sí) de muestra de lo que está ocurriendo en el tejido social respecto al maltrato a la mujer y los constantes asesinatos de que son víctimas.
¿Cuánto tiempo pasara para que volvamos a escandalizarnos con otro caso similar? ¿Han cambiado en algo sustancial las cosas desde que fuera dado a conocer el tema de las “muertas de Juárez”? Al contrario, las cosas parecen estar solo agravándose en ese que es el verdadero entorno del horror: la descomposición social y la impunidad.




