Tiburcio Cadena, nuevo director de comunicación social del Ayuntamiento de la capital le dejó un pedazo de estiércol a su ex jefe Luis Mahbub en Canal 7 y llegó a saludar con las manos apestosas a su nuevo jefe Xavier Nava.
Fiel a su estilo traidor, desleal y ventajoso, abandonó el cargo sin decir agua va, dejó la dirección de noticias con mucha pena y sin nada de gloria, pues en más de una década de estar ahí solo ocasionó conflictos internos, causó inequidad y mala leche con la gente, los reporteros, los camarógrafos y el personal técnico.
Ni siquiera para leer boletines le daba su torpeza, su voz aguardentosa y su imagen pasmosa dando órdenes, saturaba el set de televisión y mandaba a rojo de saturación los niveles de la consola de audio.
Antes de irse como la chacha, en una arranque inquina y leche cortada, le dejó hecha la nota al reportero José Luis Juárez: acusó al propio semanario EMSA VALLES de haberse auto inmolado, de haber prendido fuego ellos mismos a las dos camionetas del negocio, producto de un atentado que tuvieran unos días atrás. Lo dicho, dejó un pedazo de estiércol en Canal 7 y llegó muy sucio al Ayuntamiento, sin que Xavier Nava se enterara un poco de ello.
¿ A qué intereses responderás ahora Tiburcio?, ¿a los Medina?, ¿A García Coronado?, ¿A Xavier Nava?, por lo pronto va el favor de regreso porque tu actual pareja estuvo trabajando varios años en la SCT federal, y habría que agradecer el gesto con un descontón contra el medio de comunicación que no se ha cansado de hacer ver la corrupción, colusión y tráfico de influencias que han tenido, tanto Jesús Medina Salazar al frente de la Comisión Estatal del Agua, como César García Coronado en la SCT; de donde saldrán como unos verdaderos millonarios al finalizar su encargo.
Tiburcio no es de fiar y si no que le pregunten a Octavio Pedroza que cometió el error de emplearlo en su administración o al propio Luis Mahbub, quien después de rescatarlo del descrédito y la vergüenza en la que estaba hace más de 15 años, decidió llevarlo a casa, darle de comer, enseñarle a vestir, y al final no esperaba que le cumpliera la máxima de los cuervos que comen en la mano.




