Información: La Roja
Era grande el sueño de Jerson, más grande que la cancha del barrio donde aprendió a jugar futbol. Pero esa tarde de mayo, incomprensiblemente, dos balas de metralleta le cortaron sus alas. “No me quiero morir papá, no me dejes morir”, suplicó el adolescente antes de entrar en shock.
En marzo pasado, la pandemia de Covid-19 le había postergado el viaje a la Ciudad de México, donde el joven estudiante de segundo grado de la secundaria Técnica 39 realizaría una visoria para las fuerzas básicas del Club América Coapa, pero Jerson no dejó de practicar su deporte favorito, pues el 15 de junio reanudaría su plan de viajar, probarse, y quedarse a vivir allá si resultaba aceptado.
La tarde del 27 de mayo, Christian de 20 años, con domicilio en la calle de Negrete, pasó por Jerson a su domicilio, en la calle Guillermo Prieto y se enfilaron a la cancha de futbol, situada en los apretados límites del barrio de San Sebastián. Toda esa zona está compuesta de callejuelas angostas y maltrechas, con viejas casonas y otras en abandono que se desmoronan con el paso de los ferrocarriles.
Los tripulantes de un auto tipo Jetta de color blanco aguardaban metros atrás de la misma calle donde residía Jerson. Cuando los jóvenes doblaron por la calle Mirador, el auto se arrancó detrás de ellos hasta llegar al cruce vial y desde la ventana trasera del auto, un sujeto les apuntó su metralleta y los bañó de fuego, luego el auto se alejó a toda prisa del lugar.
Christian cayó frente a la casa marcada con el número 250, Jerson corrió en dirección a la casa de una tía que vive rumbo a la cancha. La adrenalina no le hizo darse cuenta que su playera blanca pronto se tiñó rojo, hasta que cayó, con uno de sus pulmones perforado.
Gabriela Alonso Alarcón, de 33 años, es cocinera de un restaurante. Cuando le llamaron para avisarle que habían balaceado a su hijo, hizo menos de 8 minutos en llegar desde la colonia Nuevo Paseo hasta el alboroto y la confusión de vecinos y policías que inundaban las callejuelas y rodeaban a los jóvenes moribundos, separados a menos de 100 metros entre sí.
Los vecinos la guiaron a donde estaba el mayor de sus hijos, que yacía en el piso, herido de muerte, pero aún consciente y abrazado por César, su papá. Cuando se abrió algo de paso entre los policías que le impedían acercársele, Jerson le extendió la mano, y le dijo: “¡mamá!”.
-Te vas a poner bien hijo. Le dijo su mamá, que sólo llegó a un metro de distancia, pero el semblante pálido y sus labios secos del adolescente anunciaban lo contrario.
Como en todos los casos, la ambulancia tardó más de 40 minutos en llegar. Apoyado por los vecinos, César, de 35 años de edad, trató de taponearle el orificio de la bala, debajo de la tetilla izquierda con un parche de gasa, mientras que el jovencito con voz débil suplicaba a su padre:
-“No me quiero morir papá, no me dejes morir”.
Alrededor del padre y su hijo, los gritos de los familiares se mezclaban con las torretas de las patrullas de la fuerza Metropolitana y de las ambulancias que finalmente llegaron a ese rincón de la ciudad, abriéndose paso entre los estorbosos vecinos que, con morbo e incredulidad, alimentaban aún más el desconcierto generalizado.
Jerson entró en shock. Los paramédicos lo levantaron y trasladaron al área de urgencias del hospital del IMSS de la calle Nicolás Zapata. En el quirófano, médicos y enfermeras no lograron salvarle la vida. Dos balas malditas de esa ráfaga incomprensible le arrancaron su sueño de ser futbolista profesional.
Los padres de Jerson volvieron del hospital desconsolados. Encendieron una veladora en su humilde habitación, cuya cama cubría un edredón de su equipo favorito, y en la pared frontal, de color amarillo para refrendar su admiración, una foto del equipo del América 2013-2014, con Rubens Sambueza y Moisés Muñoz en el escuadrón.
Abajo, junto a su buró, dos cajas de tenis de futbol que sus familiares le obsequiaron en su cumpleaños, el pasado 16 de enero. Recién había cumplido 14 años.
Esta tarde, la callejuela Guillermo Prieto volvió a llenarse de jóvenes amigos de Jerson y vecinos del barrio, que le brindaron un funeral sin cuerpo presente por las disposiciones de las autoridades de salud, que en la presente contingencia por Covid-19 prohíbe los velorios. Al menos unos 30 de los jóvenes asistentes tenían el mismo parecido físico con Jerson.
En el patio de la antigua morada, de paredes salitradas y cuartos con cortinas como puerta, se colocaron bancas para honrar la memoria del jovencito, cuyo cuerpo fue reemplazado por fotos de sus momentos felices, colocadas sobre una mesita, rodeada de coronas y arreglos florales.
En primera fila, callada y melancólica, su noviecita miraba en su celular videos de sus momentos juntos, mientras que un solitario ataúd con el cuerpo de un niño esperaba en la sala de velación de Capillas Del Olmo el momento de ser sepultado.
Era grande el sueño de Jerson…




