Más del 1% de la población de Guatemala abandonó el país este año como parte de una ola de centroamericanos que huyen de la pobreza y la violencia.

Haber estado al borde de la muerte en el desierto de Arizona hace un año y que pronto habrá más presencia policial en el sur de México no disuadirán al guatemalteco Francisco Pérez de intentar nuevamentemigrar a Estados Unidos.

El maestro y mecánico de 23 años que vive en San Marcos, unas pocas millas al este de la frontera con México, espera regresar para pagar los 7,000 dólares que debe del primer viaje. En aquella travesía la patrulla fronteriza lo rescató moribundo junto a otros dos jóvenes tras perderse con un traficante de personas durante una semana en el desierto.

El séptimo día, cuando sufrían una deshidratación severa y se encontraban ocultos entre ramas de arbustos para evitar el sol, recurrieron a beber su propia orina. «Cada uno de nosotros orinamos en una botella y luego la forzamos con la esquina de nuestros pantalones«, relató Pérez frotándose las manos mientras recordaba el día que pensó sería el último de su vida.

El mismo coyote llamó al 911 para que fueran rescatados. Pérez aún recuerda que los patrulleros le mostraron fotos de migrantes que no tuvieron su suerte y que habían muerto en el desierto.

El guatemalteco pasó dos días en un hospital y casi un mes detenido antes de ser devuelto a Guatemala. Durante su corta estancia en Arizona vio casas sólidas, caminos ordenados y asfaltados y tiendas de lujo. Esas imágenes son como una sirena que lo llama.

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